
En la Galería de Arte Nelson, Kansas City, se puede admirar un precioso cuadro de Hans Baldung, en el que aparece un rubio personaje sentado en medio de un bucólico panorama, sosteniendo el libro sobre el que escribe. Eleva su rostro hacia el cielo, de donde recibe la inspiración. Es un semblante bellísimo, que para sí envidiarían Laura o Ginebra. El cabello dorado le cae en bucles sobre los hombros. Un águila se aquieta pacíficamente al lado del escritor.
Debía estar en trance el autor del cuadro cuando lo creó, pues nos muestra a San Juan Evangelista, en la isla de Patmos, semejando a la hermosura del Arcángel Miguel hundiendo la espada en el Dragón.
La realidad debió de ser muy distinta. No es difícil imaginar la escena: Juan, desterrado por el emperador Dominiciano a la desértica Isla de Patmos, sentado a la puerta de una humilde choza azotada por los vientos del Egeo. Es un anciano que vive solo, aislado, temido por los ignorantes y miserables pescadores del lugar. Un viejo loco, visionario, ... A veces le oyen hablar a solas. «¡Siega con tu hoz¡». Pero en Patmos no hay mieses. «¡Yo soy el Alfa y la Omega¡». Definitivamente loco, decían los pescadores.
Juan escribió el misterioso Libro llamado «APOCALIPSIS» durante su estancia en la Isla de Patmos, posiblemente hacia el año 96. Por entonces debió ser un hombre atormentado. Habían ocurrido demasiadas tragedias en su larga vida. Casi no recordaba los felices años de la adolescencia. Su hermano, Santiago, que después viajó a Hispania y no volvió, le había enseñado a echar las redes al mar. También a renegar de los recaudadores del César. Juan soñaba con viajar a Jerusalem para mezclarse en la marabunta de gentes que escandalosamente poblaban el mercado del gran Templo. También entraría por las enormes puertas de éste y buscaría a Dios, engrandecido monumentalmente por Herodes El Grande, el más depravado.
Pero su madre, Salomé, le quitaba esos pájaros de la cabeza. Tendría que llegar a ser pescador consumado y contraer matrimonio con una recatada y obediente muchacha con la esperanza de tener hijos sanos.
Juan sigue escribiendo, con mano torpe y temblorosa. Pronto la deslumbrante luz de Patmos se apagará y no podrá volver a hacerlo hasta la mañana siguiente. Descansa la espalda sobre la pared de barro de la choza. Entorna los ojos, y termina por cerrarlos.
Aquella mañana que llegó Jesús, el mar de Galilea se embraveció, tanto que no pudieron salir a pescar. Aquel Jesús, que venía precedido de la fama de «hombre santo», les habló. Sin saber cómo, se encontró andando, junto a su hermano Santiago y otros, tras las huellas de Jesús, a través de los polvorientos caminos de los judíos y de las cuidadas y rectilíneas calzadas romanas. Por fin, Jerusalem. Al pasar bajo la fortaleza Antonia, se sintió mareado. Pedro lanzó un bufido y apretó el paso. Jesús seguía al frente de la comitiva y ni siquiera se paró un instante cuando llegaron a la explanada del mercado, en las puertas del gran Templo.
Juan, como todas las noches, decidió no pensar en ello y entrando en la choza hizo descansar su cuerpo contra una yacija. Al despuntar el alba ya hacía tiempo que no dormía. Se levantó, cogió un cántaro y vertió agua sobre manos y cara, salió de la choza y reanudó la escritura de la tarde anterior.
Al principio no lo entendió, pero lo aceptó. No se hacía preguntas al respecto. Sostenía una pluma, pero era ésta la que, por su cuenta, escribía infatigablemente visiones horribles de acontecimientos que tendrían lugar en la posteridad.
Recordó, como todos los días, el prendimiento y el juicio sumarísimo a que fue sometido Jesús. Estuvo presente al pié de la Cruz donde agonizó su Maestro y Hermano. Después de tantos años los recuerdos revoloteaban, iluminados y desvanecidos, como flashes. Lázaro volvió a morir, Jesús ya no estaba allí para levantarle otra vez. También habían muerto las Tres Marías, y todos su compañeros habían sucumbido en el cadalso. Sólo quedaba él.
Al fin la pluma se detuvo. Quiso leer cómo acababa la historia, aunque lo sabía: « Yo advierto a todo el que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguien añade a estas cosas, le añadirá Dios las plagas descritas en este libro; y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, le quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están descritos en este libro».
Juan dejó caer la pluma. Dos lágrimas brotaron de los cansados párpados del anciano. «¡Yo soy el Alfa y la Omega¡, el principio y el fin». Ha dicho el que escribe este Libro.